-¿Debería estrangularte?
-¿Y perder la carne en la que se cimienta la válvula del todo?
-Y traer el regalo de la vida, el fin, al regalo de la muerte. Burlar el deseo que se disfraza de placer y fundirlo dentro de la nada.
-No quieras privarme de la verdad, no si la tengo frente a mí, envuelta en el gran misterio.
-Estoy siendo yo.
-Mírame, hablo con el animal que utiliza su razón para satisfacer sus instintos antes y después que su raciocinio.
-El instinto que me tiene aquí, necesitando darle las armas que la razón nunca me permitió mostrarle a la naturaleza.
-¡Tenemos un quijote! Habrías de ser tú el próximo a fenecer.
-La bestia ha encontrado sus necesidades en alguien más, ¿eh?
Lo rechazaba, claro. Hablar del infinito sólo me hacía verme insignificante junto a todo ese agobiante espacio, y pensarnos en millones de años luz: rozando nuestros cuerpos después de todo. Era la tan acostumbrada culpa que no sentía, que esta vez pensaba y que surgía por la sinestesia del no sentir. No había nada cambiando en mí, como debía de ser. Mi cuerpo continuó tan frío e inerte sobre el sillón, aun cuando él estaba dentro de mí, con su mirada perdida atravesando toda barrera alguna vez construida. Él lo sabía.
-El miedo no es una necesidad, y sigue dentro de ti.
-Lo desconocido no tiene por qué causarle temor a alguien que nunca ha tenido serenidad.
-Hablo de tu miedo a ser descubierto. Quien acabó con la dualidad del todo, quien llenó de desdicha al andrógino, quien te hace vivir esta absurda ironía, no estará muy contento de verte resolviendo su acertijo, ¿verdad?
-¡Lo has aceptado! Eres tú, soy yo.
-No pensarás que yo…
-Buscas cegarte con el éxtasis que cualquier otro podría darte.
Fue cuando lo comprendí. Aún sin perturbarme, me hallé mirando cómo su sangre corría por la yugular, quitándole la plenitud a su cerebro y dándosela al resto de su cuerpo. Qué indefenso parecía entonces. La imagen de su cerebro necesitando de oxígeno y de mi sexo controlando mis impulsos contrastaban lo suficiente para enredarme en esta dicotomía, desde la cual, podía observar la inmensidad del universo, la extensión de la materia y demás planos lindantes con el tiempo.
No sé cuánto tiempo pasó mientras su silencio fornicaba con el mío, sublimando nuestra existencia y haciéndola bailar frente a nuestras maravilladas, entrecruzadas, miradas. La puerta se abrió, mi marido entró con rapidez, y nosotros estábamos desnudos, pero él no pudo ver eso. Aun así se sorprendió de encontrarnos ahí. -Creo que es momento de que te vayas, ya habrá tiempo de continuar la plática –le dije con tono sereno, estoico. Sin pronunciar palabra alguna, salió, seguido por la mirada de mi esposo y el inmediato estruendo de la puerta al cerrarse.
Al no haber nada qué explicar, me saludó con un beso en los labios y el “Te amo” acostumbrado. Contesté de la misma forma, nada lo impedía.
No fue difícil entrar por la ventana, tampoco caminar con sigilo por la casa hasta encontrarla. Mi deseo podía más. Y la encontré, mirándose al espejo, semidesnuda, como esperando. Me acerqué por detrás, toqué por primera vez su frío cuello, su cansada piel; deslicé mi mano por su pecho al tiempo que acerqué mi respiración a su oído, mis caricias rebasaron su vientre, pero no fue suficiente. Con mi mano izquierda giré su cara hacia mí, y con la derecha comencé a apretar su cuello. No ofreció resistencia. Dio un último suspiro, como culminación.
Ahora la miró en el suelo, y creo que algo empieza a perturbarme. La necrofilia no era el paroxismo que yo esperaba encontrar.

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